Ponette

Jacques Doillon, Francia, 1996

Comentario

En Ponette son niños muy pequeños los que interpretan los papeles principales, dejando a los adultos en segundo plano. Desde el comienzo de la escena, estamos literalmente inmersos en su mundo: el encuadre es bajo, los planos muy cerrados que nos permiten no perder nada de las expresiones que atraviesan y transforman sus rostros. Se trata de cosas importantes y misteriosas (amar el amor, estar enamorado, enamorarse) sobre las cuales el realizador quiere evitar a toda costa un discurso dominante o cualquier proyección adulta: le dio cosas muy específicas para hacer a sus pequeños actores (comer cereales, hacerle una broma a Mathias). Los niños han comprendido muy bien el desafío ficcional, no obstante sus reacciones espontáneas, las emociones que expresan parecen totalmente reales: la excitación aumenta, el ritmo de la escena se acelera mientras que literalmente agarran a Mathias para forzarlo a besar a Carla. Nuestra incomodidad y nuestro placer de espectadores proviene de la duda que perdura: por supuesto que los niños tiene un papel que representar, actúan, hasta en los diálogos que parecen dominar a la perfección, pero ¿son totalmente conscientes o terminan por olvidarlo (y olvidar la cámara, a la vez tan próxima y tan poco intrusiva) llevados por el otro juego, el del caramelo mágico? Los gestos de Mathias, sus expresiones faciales, su incomodidad -porque el beso, si está en el guión, debe darse en la vida real- parecen dar fe de ello, al igual que los gritos espontáneos que surgen. La fuerza de esta escena se debe a la decisión del director de no ponerse en el lugar de los niños (psicológicamente) sino estar a su altura, físicamente entre ellos, para lograr esta gran proximidad.