Rebecca

Alfred Hitchcock, Estados Unidos, 1940, Tamasa Distribution

Comentario

Una joven acaba de casarse con un viudo de la alta sociedad, Max de Winter. Se instalan en Manderley, una gran propiedad en Cornualles acosada por el recuerdo de Rebecca, muerta en el mar. Al llegar la nueva señora de Winter, su relación con el ama de llaves, la Sra. Danvers, se plantea de entrada bajo el signo de la desconfianza y la rivalidad. Austera guardiana del lugar y de sus reglas, la señora Danvers impresiona a la joven señora de Winter, intrusa que no sabrá igualar la estatura de la desaparecida Rebecca, cuya belleza todos alaban.

En un ala de la mansión, el cuarto de Rebecca ha quedado tal como estaba. Empujada por la curiosidad, la señora de Winter penetra en el cuarto, como si fuera el de Barbazul. Esta curiosidad, la atracción de lo desconocido mezclado con su miedo, son filmados de entrada por un travelling hacia atrás sobre el personaje que avanza hacia nosotros, seguida por un travelling hacia adelante subjetivo sobre la manija de la puerta (procedimiento que encontramos en muchas películas, incluidas las de HItchcock, sobre todo en la escena de la llegada de Vera Miles a la casa de Psicosis). El interior de la habitación impresiona: sus cortinados forman tantos puntos de pasaje, de peajes que franquear, e intensifican el avance del personaje en el lugar. Los planos generales magnifican el espacio de la habitación, de pronto demasiado grande para la nueva señora de Winter. La música, por momentos angustiosa (enfatizando la idea de trampa) y por otros cristalina (acompañando la revelación luminosa del lugar), así como los juegos de sombras y de luz que también participan de esta atmósfera intimidante de mausoleo. La llegada de la señora Danvers marca una ruptura en la escena, acentuada por el ruido de la ventana cuyo origen puede claramente ser realista (se ha producido una corriente de aire) pero que parece emanar de alguna potencia fantástica. La señora Danvers, poseída por el recuerdo de Rebecca, repite las costumbres de la difunta y planos más cerrados, de detalle, enfocan los objetos, los rastros, como las piezas recogidas para una reconstrucción policial. El pasado parece encarnarse de nuevo en un impulso casi indecente de revelación de la intimidad de la muerta (la caricia del tapado de piel, la ropa interior). Difícil no identificarse con el personaje de la nueva señora de Winter, convocada a ocupar el lugar de la otra (literalmente, su lugar en el tocador) mientras que el ama de llaves pronuncia las palabras habituales de Rebecca: la actuación muy convincente de Joan Fontaine (la señora de Winter) pone al espectador, como al personaje, en presencia literal de un fantasma: es una de las características de los lugares cinematográficos, a menudo son visitados por espíritus.